RitzCarla Chon, cuento corto por Mark Plimsoll

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RITZ CARLA CHON


Por Mark Plimsoll


        La mano gruesa con reloj de oro se extendía contra las luces de las cámaras de televisión. "Estas luces me deslumbran. ¿Donde estás, mi vida?" dijo rasgándose la panza a través de traje negro de Armani con la mano que sostenía el puro. Carla se quedó parada, la charola inmóvil brilla un anillo de Saturno en el Gran Salón del hotel de lujo. Cuando se apagaron las cámaras de televisión, Carla no pudo ver; los ojos quemado por un neblina púrpura. Otra vez levantó la charola llena de puros, y vasos de champaña y coñac.
        "¿Desea tomar algo?" dijo con tono aterciopelado por la garganta llena del humo azul de los puros, poco a poco aclarándose la vista del sol púrpura.
        Gruño una voz, "Oye, Toño! ¡Fúmate un puro, no seas tonto! Cuesta mil y pico, no importa. ¡Agarra un coñac y a una mesera!" y su cara gorda sacudía todas las canas pegajosas a cada carcajada, su carne parecía llena de queso y crema bajo una piel rojísima quemada por el sol, una salchicha con lentes gruesos, dientes de una blanco artificial. Su joyería relucía relámpagos de amarillo añejo alrededor del cuello hinchado y sus muñecas apretadas.
        Un brazo femenino pasó sobre el hombro de Carla y cogió un vaso de champaña. Carla se volvió para mirar hacia arriba a una cara delgada que parecía flotar sobre una esbelta torre nocturna, llena de estrellas que parpadeaban sobre su vestido.
        "¿Puedo ofrecerle un puro cubano?" pero la flaca miraba mas allá de los ojos de Carla y con una expresión de disgusto le enseñó la espalda, la vía lechosa del escote le llegaba hasta las pompis.
        "No la hagas caso, mi vida." dijo un chavo elegante a su lado. "La gente presumido no muere, pero tampoco vive. A tu belleza, mi niña." y sorbo el coñac sonriendo pero una gota se deslizó por su barbilla. Se rieron juntos.
        - Con la práctica puedes hacerse agente o siete. - pienso ella.
        En el baño de empleados Carla descansó sentado sobre un trono de porcelana. Olía a insecticida y químicos de limpieza, pinos artificiales hechos de petróleo y mal aliento. Un mozo que estaba trapeando el suelo dejó escurrir riachuelos de aguas espumosas y negras. - ¿Como pueden creer que esta agua sirve para limpiar?- Carla levantó los pies cuando la llegó una ola negra de la jerga.
        Desde el camión ella vio varios chubascos breves borraban los huellos del pasado. El camión pasaba por el cinto de asfalto entre los hoteles, bordando de días y noches una colcha por cada vida. Carla dormitaba cansada, soñó y escuchó voces en la lluvia, voces de gente y árboles en flor emitiendo vapores de deseos y vanidad. Las calles se llenaron con pétalos de flamboyanes, las orillas de los charcos esbozados con el roció del rojo fluorescente. Al final de la ciudad, el camión vacío paró en una esquina y Carla se bajó con paso torpe.
        El viento la envolvió. No intentó de resguardarse del chubasco debajo de aquellos árboles que parecían lobos gigantescos peleando. Pensaba en el joven guapo, el borracho atrevido que había puesto las manos en su cuerpo, e intentando besarla detrás de las cortinas con la excusa de que ella podía ayudarlo a encontrar el puro que se le había caído de la bolsa.
        Los zapatos se le llenaron de un lodo gris. Caminó hasta el orillo de la región 259. Ya podía ver su palapa salía del blanquinegro de luces lejanas. Un relámpago acuchilló el cielo y por un instante lo pintó de mercurio que perecían escurrir seco y ardiente.
        La dejó ciega, la bruma la acariciaba como la respiración calida y húmeda de su esposo, la lluvia de sudor que brotaba de su frente le caía en la cara sedienta y jadeante de ella. En las luces cambiantes del televisor, los ritmos de corazones, de piernas y cuerpos se enlazaban mezclados en el intento de crear una sola razón para existir, creer y seguir esperando.
        A la misma hora, las cuatro de la madrugada, el hombre con piel de salchicha se sentó en el borde de la cama. Sus canas de plata mostraban gotas cristalinas de sudor y spray. Se mareó, se cubrió la cara con su mano.
        "Híjole. Tres días sin dormir bien. Cómo me duele la vejiga. ¿Esa fodonga de mi esposa, cómo piensa que voy a aguantar esto otra vez? Si no fuera por el chiste de verla cogiendo con el amante. Habría matado al pendejo solo por ver su cara en el momento. Por suerte que soy una persona civilizada." Caminó al baño. "Espero no vomitar otra vez," y sacó una charola del gabinete de las medicinas. Lo abrió, adentro encontró un tesoro de tabletas y píldoras de varios colores, tamaños, y formas. Seleccionó varios, los tragó, y bebió de una copa de coñac. "Que desperdicio si vomitara otra vez."
        La mañana selvática se abrió con el sol. A pesar del calor, Carla y su esposo estaban abrasados. Insectos, alacranes, arañas, y reptiles desfilaban sobre los muros, dibujaban frases en una caligrafía jeroglífica escritos en cuerpos vivos mientras observaron la pareja. Las hojas de afuera filtran rayos de luz rojos y estrellados, que pintan las paredes e inmovilizan a los animales nocturnos. Su esposo se levantó, sacudió los zapatos para echar cualquier bicho que estuviera adentro y se quejó "Hemos dejado el televisor prendido otra vez. ¡Mira, que caserón! Algún día viviremos donde no haya tantos alimañas, ni lodo, ni la necesidad de trabajar tanto. Seremos felices, sanos, y disfrutaremos la vida como lo merecemos. ¿Si mi amor?'
        "Si, como los ricos." dijo ella, sin creerlo.

© 1998 Mark Plimsoll, LLC


El -Huckleberry Finn- para el siglo veinti-uno:

Released late June, 2006

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