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La mano gruesa con reloj de oro se extendía contra
las luces de las cámaras de televisión. "Estas luces me deslumbran. ¿Donde estás,
mi vida?" dijo rasgándose la panza a través de traje negro de Armani con la
mano que sostenía el puro. Carla se quedó parada, la charola inmóvil brilla
un anillo de Saturno en el Gran Salón del hotel de lujo. Cuando se apagaron
las cámaras de televisión, Carla no pudo ver; los ojos quemado por un neblina
púrpura. Otra vez levantó la charola llena de puros, y vasos de champaña y coñac.
"¿Desea tomar algo?" dijo con tono aterciopelado
por la garganta llena del humo azul de los puros, poco a poco aclarándose la
vista del sol púrpura.
Gruño una voz, "Oye, Toño! ¡Fúmate un puro, no seas
tonto! Cuesta mil y pico, no importa. ¡Agarra un coñac y a una mesera!" y su
cara gorda sacudía todas las canas pegajosas a cada carcajada, su carne parecía
llena de queso y crema bajo una piel rojísima quemada por el sol, una salchicha
con lentes gruesos, dientes de una blanco artificial. Su joyería relucía relámpagos
de amarillo añejo alrededor del cuello hinchado y sus muñecas apretadas.
Un brazo femenino pasó sobre el hombro de Carla
y cogió un vaso de champaña. Carla se volvió para mirar hacia arriba a una cara
delgada que parecía flotar sobre una esbelta torre nocturna, llena de estrellas
que parpadeaban sobre su vestido.
"¿Puedo ofrecerle un puro cubano?" pero la flaca
miraba mas allá de los ojos de Carla y con una expresión de disgusto le enseñó
la espalda, la vía lechosa del escote le llegaba hasta las pompis.
"No la hagas caso, mi vida." dijo un chavo elegante
a su lado. "La gente presumido no muere, pero tampoco vive. A tu belleza, mi
niña." y sorbo el coñac sonriendo pero una gota se deslizó por su barbilla.
Se rieron juntos.
- Con la práctica puedes hacerse agente o siete.
- pienso ella.
En el baño de empleados Carla descansó sentado sobre
un trono de porcelana. Olía a insecticida y químicos de limpieza, pinos artificiales
hechos de petróleo y mal aliento. Un mozo que estaba trapeando el suelo dejó
escurrir riachuelos de aguas espumosas y negras. - ¿Como pueden creer que esta
agua sirve para limpiar?- Carla levantó los pies cuando la llegó una ola negra
de la jerga.
Desde el camión ella vio varios chubascos breves
borraban los huellos del pasado. El camión pasaba por el cinto de asfalto entre
los hoteles, bordando de días y noches una colcha por cada vida. Carla dormitaba
cansada, soñó y escuchó voces en la lluvia, voces de gente y árboles en flor
emitiendo vapores de deseos y vanidad. Las calles se llenaron con pétalos de
flamboyanes, las orillas de los charcos esbozados con el roció del rojo fluorescente.
Al final de la ciudad, el camión vacío paró en una esquina y Carla se bajó con
paso torpe.
El viento la envolvió. No intentó de resguardarse
del chubasco debajo de aquellos árboles que parecían lobos gigantescos peleando.
Pensaba en el joven guapo, el borracho atrevido que había puesto las manos en
su cuerpo, e intentando besarla detrás de las cortinas con la excusa de que
ella podía ayudarlo a encontrar el puro que se le había caído de la bolsa.
Los zapatos se le llenaron de un lodo gris. Caminó
hasta el orillo de la región 259. Ya podía ver su palapa salía del blanquinegro
de luces lejanas. Un relámpago acuchilló el cielo y por un instante lo pintó
de mercurio que perecían escurrir seco y ardiente.
La dejó ciega, la bruma la acariciaba como la respiración
calida y húmeda de su esposo, la lluvia de sudor que brotaba de su frente le
caía en la cara sedienta y jadeante de ella. En las luces cambiantes del televisor,
los ritmos de corazones, de piernas y cuerpos se enlazaban mezclados en el intento
de crear una sola razón para existir, creer y seguir esperando.
A la misma hora, las cuatro de la madrugada, el
hombre con piel de salchicha se sentó en el borde de la cama. Sus canas de plata
mostraban gotas cristalinas de sudor y spray. Se mareó, se cubrió la cara con
su mano.
"Híjole. Tres días sin dormir bien. Cómo me duele
la vejiga. ¿Esa fodonga de mi esposa, cómo piensa que voy a aguantar esto otra
vez? Si no fuera por el chiste de verla cogiendo con el amante. Habría matado
al pendejo solo por ver su cara en el momento. Por suerte que soy una persona
civilizada." Caminó al baño. "Espero no vomitar otra vez," y sacó una charola
del gabinete de las medicinas. Lo abrió, adentro encontró un tesoro de tabletas
y píldoras de varios colores, tamaños, y formas. Seleccionó varios, los tragó,
y bebió de una copa de coñac. "Que desperdicio si vomitara otra vez."
La mañana selvática se abrió con el sol. A pesar
del calor, Carla y su esposo estaban abrasados. Insectos, alacranes, arañas,
y reptiles desfilaban sobre los muros, dibujaban frases en una caligrafía jeroglífica
escritos en cuerpos vivos mientras observaron la pareja. Las hojas de afuera
filtran rayos de luz rojos y estrellados, que pintan las paredes e inmovilizan
a los animales nocturnos. Su esposo se levantó, sacudió los zapatos para echar
cualquier bicho que estuviera adentro y se quejó "Hemos dejado el televisor
prendido otra vez. ¡Mira, que caserón! Algún día viviremos donde no haya tantos
alimañas, ni lodo, ni la necesidad de trabajar tanto. Seremos felices, sanos,
y disfrutaremos la vida como lo merecemos. ¿Si mi amor?'
"Si, como los ricos." dijo ella, sin creerlo.
© 1998 Mark Plimsoll, LLC

E-mail: Mark Plimsoll