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Cuando las dos muchachas acercaron
al rinoceronte por el sendero de asfalto del parque zoológico, el animal se
emocionó; su nariz parpadearon, jadearon.
"¡Ay, mi amor! ¡Tan animado a olernos!" dijo la
chava alta y rubia, de origen Alemán. "Mira, que bonitos ojitos tienes debajo
de este cuernote. Ten mi amor, tengo un dulce para ti." Ella metió la mano en
la boca del rinoceronte, quien levantó la nariz y el labio superior tanto que
parecía reír. "¡Oye, que ansioso! Vamos a tu departamento."
El ayudante del parque abrió la puerta de acceso
al corral, y el rinoceronte entró con pasos ligeros, felices y rápidos.
Una vez adentro las muchachas bajaron sus mochilas
para sacar el equipo. En las camisas de ambas mujeres estaba dibujado, debajo
del hombro izquierdo, el logotipo del laboratorio. Era un retrato semejante
a una culebra, sonriendo con su cabeza de gancho, supuestamente representaba
un espermatozoide de roedor. Abajo las letras decían 'Sperm Club'. La chaparrita,
Lucy, era una judía rusa con tanto cabello que se parecía un pirámide de sargaza
negro cuando caminaba por la universidad. Se miró a la rubia alta y dijo "Oye,
Catarina. No entiendo por que se lo dijiste a tu marido."
"Pensé que merece la verdad. Nunca nos mentimos
antes. Tuve la idea de que me gustaría andar más con este hombre. ¿Sabes? La
comunidad universitaria es tan chiquita." Cati puso la soga sobre el cuello
del rinoceronte. Hizo un nudo que no se podía deslizar. Miró a Lucy, doblada
y colgada en la cerca en parte posterior del rinoceronte, acariciándola y rasguñándola.
Sus shorts revelaron sus piernas, tan peludas que le habían ganado el apodo
de 'Yeti', nombre mítico del hombre salvaje de la Sierra Occidental de América
del Norte. -Pobrecita- pensó. -¡Si supiera cómo la llaman los otros!- La respetaba
por su vida natural y sin pretensiones.
Lucy sacó un cinturón con un recipiente en el centro.
"¿Donde lo conociste?" Tiró el cinturón sobre el rinoceronte, y con el recipiente
abajo en su lugar, cubrió el pene del macho, lo ató y le apretó el cinturón
sobre la gruesa piel de la espalda del animal.
"En el famoso bar 'Mundo de Cervezas'."
"¿Y cuantos continentes conquistaste antes de convencerlo
de ir a su departamento?" Detuvo su cascada de pelo negro y sacó de su mochila
un objeto parecido a un cohete cubierto de cromo, fulgurante y bien pulido.
Una cuerda eléctrica salió para caer al suelo de cemento, húmedo y sucio con
paja.
"Me fui tan distraída que puedo creer que todo Euroasia
y la mitad de Australia. El me compró las cervezas mientras platicábamos de
muchas cosas."
"¿Y cuántos años tiene este ser tan interesante?"Dijo
Lucy mientras cubría paulatinamente el cohete con una grasa transparente. "¿Le
dijiste que trabajas como recolectora de esperma para estudios de un laboratorio
de la universidad?"
"Bueno, sí, es joven y un poco tímido. Empezó su
primer año en ingeniería. ¡Pero ha viajado por toda Canadá!" dijo Cati riendo
con sarcasmo. "Oye, Lucy. Esto lo haces muy bien. ¿Donde lo aprendiste? Tienes
una técnica impresionante."
"Soy profesional. Aunque tu no me creas, por que
sabes que no ando con nadie, yo sí tengo mis experiencias amorosas."
"Pero, ¿con cual sexo?"
"Esto sabrás después, cuando lo decida. ¿Lista?
Estamos listas para insertarlo."
"Lista. Cuídate, esta soguita es un símbolo. ¡Imagínate,
si el realmente decide volverse loco! ¡Yo, voy a correr! No hay manera de controlar
a un animal que es más montaña que fiera."
Otra vez Lucy se dobló sobre la cerca de atrás.
Ató una cinta del cohete al cinturón de la espalda del rinoceronte, y después
levanto la cola. Con el cohete en la mano, echó una mirada a Cati y lo insertó
de repente, saltó hacía atrás para distanciarse. Su pie resbaló un poco. "El
piso está muy húmedo hoy."
Cati chifló. "Otra vez, todo tranquilo. Puedo creer
que realmente nos ama. Pobrecito, ¿que otra placer tiene en esta jaula? Aunque
cada vez, parece más tranquilo."
"Todos tenemos nuestras jaulas. ¿Y qué te dijo tu
marido al recibir tal noticia? ¿No volvió loco? ¿Lloró? ¿Te pidió el divorcio?"
Lucy miró a su compañera, su amplia sonrisa, sus ojitos azules bordeados con
pestañas gruesas y tan negras, expectantes, sin juicio.
"Oye, ¡cómo me sorprendí! Estuvo muy callado, me
dijo algo como 'debes hacer lo que tienes que hacer.' Pero yo sé que lo lastimé
bastante. Después él estuvo sentado frente a la computadora por horas y casi
no tecleaba nada. Es su refugio, el mundo cibernético, la realidad virtual.
Yo pensé que tal vez tenía una amante secreta, pero dos noches después me cogió
con una rabia deliciosa. No sabes, vale la pena provocar a tu hombre de vez
en cuando."
"Voy a recordarlo. Tal vez lo necesite un día."
Lucy agarró la cuerda eléctrica y buscó la salida de la corriente en un poste
cerca de la jaula. "¿Prendemos el aparato?"
Lo conectó, y el rinoceronte saltó en el aire con
un grito ensordecedor, sobrenatural, mientras chispas eléctricas y humo salían
debajo de su cola. Cati, con ojos atónitos, dejó caer la soga y corrió hacía
la puerta mientras el intentaba trepar la cerca. Todo el edificio tronaba con
la fuerza masiva del animal gigantesco, la cerca se sacudió y se dobló bajo
sus pies.
Lucy se tiró hacia la cuerda eléctrica, y el animal
volteó a verla. Ella se deslizó sobre el suelo resbaloso, su montón de pelo
casi la cegó, pero alcanzó la cuerda y la jaló del poste.
Pero el animal no se tranquilizó, y con la cabeza
baja, intentó correr por la cerca de metal hacia ella.
"¡Corre, Lucy! ¡Corre! ¡Ven acá!" gritó Cati al
lado del ayudante del zoológico, desde la puerta, lejos de la jaula.
Los tres miraban al animal, su furia se evaporó
lentamente, la jaula retomó su forma y todo marchó bien.
Pero el animal no permitía que Lucy se acercara.
Se puso cada vez más feroz e indignado. Después de una hora, Cati quitó el equipo
destrozado del animal, y salieron del parque.
"Gracias, Cati. Me parece que siempre has tenido
suerte con los machos, y ellos siempre me culpan." dijo Lucy, sonriendo para
quitar los nervios y los vestigios del susto.
Seis meses después, Lucy estaba frente a su líder,
el doctor encargado del proyecto.
"Entonces, doctor, debido a este corto circuito,
todavía no me puedo acercar al rinoceronte. Es impresionante, él no lo olvida.
Si llega un viento hacia él, y me huele, se enoja bárbaro. De inmediato. Con
Cati le cae bien todavía. Creo que debo renunciar a esta parte del proyecto,
al menos, para evitar contacto con el rinoceronte. ¡El ayudante quiere prohibirme
de entrar el parque entero!"
"Entiendo. Qué lástima, no es fácil encontrar un
científico tan bravo como usted. ¿Como ve el proyecto con vacas? Necesito alguien
más para sacar los huevos de los ovarios. Seguro ha visto las cubetas llenas
de ovarios, no hay nada de peligro, ni aventura, pero puede ayudarnos. ¿O le
parece bien?"
© 1998 Mark Plimsoll, LLC
