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EL RINOCERONTE Y LA YETI

Por Mark Plimsoll

 

        Cuando las dos muchachas acercaron al rinoceronte por el sendero de asfalto del parque zoológico, el animal se emocionó; su nariz parpadearon, jadearon.
        "¡Ay, mi amor! ¡Tan animado a olernos!" dijo la chava alta y rubia, de origen Alemán. "Mira, que bonitos ojitos tienes debajo de este cuernote. Ten mi amor, tengo un dulce para ti." Ella metió la mano en la boca del rinoceronte, quien levantó la nariz y el labio superior tanto que parecía reír. "¡Oye, que ansioso! Vamos a tu departamento."
        El ayudante del parque abrió la puerta de acceso al corral, y el rinoceronte entró con pasos ligeros, felices y rápidos.
        Una vez adentro las muchachas bajaron sus mochilas para sacar el equipo. En las camisas de ambas mujeres estaba dibujado, debajo del hombro izquierdo, el logotipo del laboratorio. Era un retrato semejante a una culebra, sonriendo con su cabeza de gancho, supuestamente representaba un espermatozoide de roedor. Abajo las letras decían 'Sperm Club'. La chaparrita, Lucy, era una judía rusa con tanto cabello que se parecía un pirámide de sargaza negro cuando caminaba por la universidad. Se miró a la rubia alta y dijo "Oye, Catarina. No entiendo por que se lo dijiste a tu marido."
        "Pensé que merece la verdad. Nunca nos mentimos antes. Tuve la idea de que me gustaría andar más con este hombre. ¿Sabes? La comunidad universitaria es tan chiquita." Cati puso la soga sobre el cuello del rinoceronte. Hizo un nudo que no se podía deslizar. Miró a Lucy, doblada y colgada en la cerca en parte posterior del rinoceronte, acariciándola y rasguñándola. Sus shorts revelaron sus piernas, tan peludas que le habían ganado el apodo de 'Yeti', nombre mítico del hombre salvaje de la Sierra Occidental de América del Norte. -Pobrecita- pensó. -¡Si supiera cómo la llaman los otros!- La respetaba por su vida natural y sin pretensiones.
        Lucy sacó un cinturón con un recipiente en el centro. "¿Donde lo conociste?" Tiró el cinturón sobre el rinoceronte, y con el recipiente abajo en su lugar, cubrió el pene del macho, lo ató y le apretó el cinturón sobre la gruesa piel de la espalda del animal.
        "En el famoso bar 'Mundo de Cervezas'."
        "¿Y cuantos continentes conquistaste antes de convencerlo de ir a su departamento?" Detuvo su cascada de pelo negro y sacó de su mochila un objeto parecido a un cohete cubierto de cromo, fulgurante y bien pulido. Una cuerda eléctrica salió para caer al suelo de cemento, húmedo y sucio con paja.
        "Me fui tan distraída que puedo creer que todo Euroasia y la mitad de Australia. El me compró las cervezas mientras platicábamos de muchas cosas."
        "¿Y cuántos años tiene este ser tan interesante?"Dijo Lucy mientras cubría paulatinamente el cohete con una grasa transparente. "¿Le dijiste que trabajas como recolectora de esperma para estudios de un laboratorio de la universidad?"
        "Bueno, sí, es joven y un poco tímido. Empezó su primer año en ingeniería. ¡Pero ha viajado por toda Canadá!" dijo Cati riendo con sarcasmo. "Oye, Lucy. Esto lo haces muy bien. ¿Donde lo aprendiste? Tienes una técnica impresionante."
        "Soy profesional. Aunque tu no me creas, por que sabes que no ando con nadie, yo sí tengo mis experiencias amorosas."
        "Pero, ¿con cual sexo?"
        "Esto sabrás después, cuando lo decida. ¿Lista? Estamos listas para insertarlo."
        "Lista. Cuídate, esta soguita es un símbolo. ¡Imagínate, si el realmente decide volverse loco! ¡Yo, voy a correr! No hay manera de controlar a un animal que es más montaña que fiera."
        Otra vez Lucy se dobló sobre la cerca de atrás. Ató una cinta del cohete al cinturón de la espalda del rinoceronte, y después levanto la cola. Con el cohete en la mano, echó una mirada a Cati y lo insertó de repente, saltó hacía atrás para distanciarse. Su pie resbaló un poco. "El piso está muy húmedo hoy."
        Cati chifló. "Otra vez, todo tranquilo. Puedo creer que realmente nos ama. Pobrecito, ¿que otra placer tiene en esta jaula? Aunque cada vez, parece más tranquilo."
        "Todos tenemos nuestras jaulas. ¿Y qué te dijo tu marido al recibir tal noticia? ¿No volvió loco? ¿Lloró? ¿Te pidió el divorcio?" Lucy miró a su compañera, su amplia sonrisa, sus ojitos azules bordeados con pestañas gruesas y tan negras, expectantes, sin juicio.
        "Oye, ¡cómo me sorprendí! Estuvo muy callado, me dijo algo como 'debes hacer lo que tienes que hacer.' Pero yo sé que lo lastimé bastante. Después él estuvo sentado frente a la computadora por horas y casi no tecleaba nada. Es su refugio, el mundo cibernético, la realidad virtual. Yo pensé que tal vez tenía una amante secreta, pero dos noches después me cogió con una rabia deliciosa. No sabes, vale la pena provocar a tu hombre de vez en cuando."
        "Voy a recordarlo. Tal vez lo necesite un día." Lucy agarró la cuerda eléctrica y buscó la salida de la corriente en un poste cerca de la jaula. "¿Prendemos el aparato?"
        Lo conectó, y el rinoceronte saltó en el aire con un grito ensordecedor, sobrenatural, mientras chispas eléctricas y humo salían debajo de su cola. Cati, con ojos atónitos, dejó caer la soga y corrió hacía la puerta mientras el intentaba trepar la cerca. Todo el edificio tronaba con la fuerza masiva del animal gigantesco, la cerca se sacudió y se dobló bajo sus pies.
        Lucy se tiró hacia la cuerda eléctrica, y el animal volteó a verla. Ella se deslizó sobre el suelo resbaloso, su montón de pelo casi la cegó, pero alcanzó la cuerda y la jaló del poste.
        Pero el animal no se tranquilizó, y con la cabeza baja, intentó correr por la cerca de metal hacia ella.
        "¡Corre, Lucy! ¡Corre! ¡Ven acá!" gritó Cati al lado del ayudante del zoológico, desde la puerta, lejos de la jaula.
        Los tres miraban al animal, su furia se evaporó lentamente, la jaula retomó su forma y todo marchó bien.
        Pero el animal no permitía que Lucy se acercara. Se puso cada vez más feroz e indignado. Después de una hora, Cati quitó el equipo destrozado del animal, y salieron del parque.
        "Gracias, Cati. Me parece que siempre has tenido suerte con los machos, y ellos siempre me culpan." dijo Lucy, sonriendo para quitar los nervios y los vestigios del susto.
        Seis meses después, Lucy estaba frente a su líder, el doctor encargado del proyecto.
        "Entonces, doctor, debido a este corto circuito, todavía no me puedo acercar al rinoceronte. Es impresionante, él no lo olvida. Si llega un viento hacia él, y me huele, se enoja bárbaro. De inmediato. Con Cati le cae bien todavía. Creo que debo renunciar a esta parte del proyecto, al menos, para evitar contacto con el rinoceronte. ¡El ayudante quiere prohibirme de entrar el parque entero!"
        "Entiendo. Qué lástima, no es fácil encontrar un científico tan bravo como usted. ¿Como ve el proyecto con vacas? Necesito alguien más para sacar los huevos de los ovarios. Seguro ha visto las cubetas llenas de ovarios, no hay nada de peligro, ni aventura, pero puede ayudarnos. ¿O le parece bien?"


© 1998 Mark Plimsoll, LLC

 

 

El -Huckleberry Finn- para el siglo veinti-uno:

Released late June, 2006

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