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Después de amarrar mi equipaje a los dos lados
de la rueda, con los dos paneles de plástico que yo diseñé, monté mi bici
con dedos temblorosos, eché una mirada atrás para ver si ella estaba. Ahí
había dieciocho kilómetros por recorrer hasta la intersección en el desierto
entre Saltillo y Torreón, todo de bajado, no necesitaría esforzarme mucho.
Tenía temor de mirar hacía atrás y verla, a pie
con su monstruoso galgo con un enfermedad en la piel, ella también con su
cabeza amarilla, casi pelona con su corte moderna, y su rostro con ojos azules
gigantes que me perseguía, un sol de locura borracha, una inteligencia atroz
que al fin me quitó las ganas de seguir amándola. Viajábamos juntos durante
los ultimas dos semanas, parábamos cada rato cuando veíamos girasoles silvestres
al lado del camino para cosechar, una droga para el siempre durmiente galgo
en asiento trasero, mientras andábamos por desiertos incansables,
Recuerdo nuestra primera noche junta, con Ernesto
en la otra cama, fingiendo dormir con una pierna doblada hacia arriba. Pobrecito,
al rechazarme de su cama me tiró en los brazos de ella, y sin saber que ella
me dijo que se querría acostar conmigo, dentro de un bar a las dos de al mañana
un poco antes de que nos corrieran de allí porque ella es mujer. Y afuera,
nos escondimos de un camión llena de muchachos del ejército en el parque del
Zócalo
Después de mi viaje a Texas en camión, una noche
llena de montañas de plata y luciérnagas de focos eléctricos, regresé como
tonto. Reímos en la oscuridad del pasto entre los cuartos del hotel mientras
el galgo, enloquecido por la libertad, nos rodea con una velocidad impresionante
entre los árboles y arbustos.
Nos encontrábamos en la niebla de Real de Catorce,
en un cuarto medieval. Intentó hacer el amor con ella, o al menos algún acto
sexual, pero me dijo "Estás perdido. No eres creyente, tengo experiencia con
tipos como tu. Siempre me criticas. ¿No sabes que tengo una nube negra de
mala suerte sobre mí? Corre, corre, si te quedas conmigo, te destruyo" entre
tragos de tequila. Al fin la conquistó, disfrutando lo blanquinegro de la
débil luz de las velas y su rostro aterrorizado con la fuerza de placer ebrio.
A pesar de sus protestas de sacarlo, con mi rabia después de la tontería de
tanto tequila, tuve mi orgasmo y terminé dentro de ella. No me dijo nada.
Quería otro trago.
No se como podía aguantarla, cada mañana con tan
mal humor hasta admitir que necesitaba unas chelas o una botella para desayunar.
Nos divertimos nuestra vida sexual, me enseñó tantas cosas del placer, de
tener temor a sentir lastimada por emociones fuertes, hasta físicamente por
medios de masajes o cuerdas amaradas, ligeramente pero inescapablemente amaradas,
para dejarla indefensa, desarmada, inmóvil de las muñecas hasta los pies.
Ni la firmeza de una superficie tan dura como el suelo de azulejos del hotel
podía desviarla en su búsqueda de sensaciones más fuerte. Qué cochina era,
en la cama, de hacer tortas de manteca de maní y mermelada de naranja y comer
la mitad desnuda mientras me amenazaba con la otra mitad llena de mermelada.
En Arremberri, ella me castigó sin motivo, al
rechazarme sexualmente unas noches para decir "Todos los hombres son lo mismo.
Si no recibe el sexo de su novia, se ponen como muchachitos; enojados, berrinchados,
animalitos con rabia hasta hacerse abusadores, golpeadores, violadores. ¿Es
esto lo que realmente quieres? ¿Convertirte Macho Mexicano? Bienvenido a México,
turista." me insultó mientras abría sus piernas para invitar el somnolienta
galgo a acercarse.
El último juego: me robó mi navaja. Acostados
juntos, ella fingió de darme puñalazos con la navaja abierta mientras ella
no contestarme si debería yo quedarme esa noche. No podía explicarme como
pensaba en una cosa tan estúpido. Mis hormonas me impulsaban de hablar, irrespetuosas
a cualquier instinto de auto-preservación. Un mes después de escapar, llamé
a unos amigos de ella en Tejas para saber de ella. Me dijeron: Ya esta en
México. Pero las cosas había empeorado había sido violado. Después de analizar
sus mentiras y actitudes, su estilo de vida, su manera de dramatizar su propia
vida, me pregunté- ¿Fui yo?
© 1998 Mark Plimsoll, LLC
