El Juguete, cuento Corto por Mark Plimsoll

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EL JUGUETE


Por Mark Plimsoll


        En Navidad, como todos los años previos, se daba a sí mismo un regalo robado a otro niño. Los juguetes viejos y polvorientos estaban amontonados dentro del cuarto olvidado aquello era un laberinto para cucarachas y arañas.
        Pero este año fue distinto, no sólo porque el juguete era mas grande y casi no cabía en su mochila, sino también porque le dic miedo el sentir los movimientos dentro. Esa noche, cuando empezó a correr por las calles brillantes llenas de nieve, la mochila casi se le cayó de las manos, hasta que se detuvo y comenzó a andar despacio. Cada vez que corrió, los movimientos del juguete robado se volvieron violentos.
        Ya en su casa habló con el juguete y éste le contestó con un sonido como de alas golpeando una jaula de hierro, un eco de sus palabras. El se rió del juguete y este se rió en respuesta, lo que le llevó a paroxismos de carcajadas, hasta que le dolieron las entrañas y le dieron náuseas.
        Transcurrieron los días y el juguete no lo aburrió. Le dic de comer y el juguete se hizo más fuerte. Cada día lo sorprendió con su ánimo plástico de jugar, casi igual al suyo. Bailaron juntos, aprendieron a dar vueltas, a girar.
        Una mañana salió de la casa con el juguete escondido. Cuando estuvieron completamente solos, lo sacó. El juguete le enseñó en qué madrigueras de la tierra cubierta de nieve había animales. El imitó sus sonidos hasta que estos salieron tranquilos a compartir con ellos unos sándwiches de ensalada de huevo.
        Cada día, al salir de la escuela, corría a su casa para encontrarlo. El juguete lo esperaba en una nueva posición, con un nuevo regalo, como si lo hubiera extrañado también y tuviera más ganas que él de estar a su lado. Lo guardaba cuidadosamente en una esquina oscura de las alturas del closet, sólo lo sacaba por las noches, a la luz de las velas, después de poner su oído contra la puerta durante cinco minutos para asegurarse de que todos estaban ocupados.
        Un día de mucho sol, él murmuró palabras de amor y lo acarició. El juguete también lo acarició. A pesar de la luz del día prendió las cuatro velas que guardaba en honor del juguete. Las dejó prendidas cuando bajó apurado a comer.
        "Te estás poniendo flaco", le dijo alegre su mamá durante la comida. "Últimamente estás más feliz. Pronto serás un hombre. Vamos a ver a los scouts para que hagas algo por las tardes."
        Una mirada de despreció calló a su mamá. De repente la odiaba, quería estar solo. Empujó la comida y dijo, "Estoy ocupado con un proyecto", y se fue de la mesa. Sonó el timbre de la puerta.
        Era su mejor amigo. Pensó que si su casa no existiera, la gente no podría encontrarlo, pero entonces se culpó por despreciar la amistad y lo invitó afuera, atrás de un ventisquero, con su juguete robado.
        "¿Qué tipo de juguete es éste?, ¿funciona en la nieve?"
        "Toma, bésalo. Dime lo que piensas."
        Su amigo lo besó, pero el juguete robado tenía tanta experiencia que a su amigo se le llenaron los ojos de terror mientras nuevas sensaciones ruborizaban sus mejillas ya rojas por el frío.
        "Algo anda mal con tu juguete. No me siento bien", dijo y se fue corriendo.
        El sabía que su amigo iba a contárselo a todo el mundo y lo odió. Estaba enojado con el juguete, lo sacudió y lo empujó bruscamente dentro de la mochila. Exactamente entonces se venció el borde del ventisquero, cayendo justo encima de ellos. Estaban atrapados. Intentó moverse pero era difícil debajo de tantos bloques de nieve, sólo arrastrándose como gusano alcanzó a salir. Sacó el juguete de la mochila mientras escuchaba algo riéndose de él. Al golpear el juguete, sintió el viento helado y azul, pasar como una boca de dientes fríos besando su mejilla rosa, y de repente, morderla con fuerza.
        Después de llorar un rato, puso cuidadosamente al juguete robado en la mochila, caminó hacía su casa acompañado por sonidos de sirenas de bomberos y oleadas de humo espeso.
        La casa estaba coronada con llamas. No sintió nada mientras pensaba en sus juguetes viejos.
        Los bomberos cargaban a su mamá entre la corriente de humo que salía por la puerta de enfrente. La pusieron en una camilla y después en la ambulancia. Desaparecieron en segundos. El sentía frío y apretó la mochila, pero la respuesta de cálida presión había desaparecido. Se arrodilló en la nieve y abrió cuidadosamente la mochilla para ver dentro.
        El juguete no estaba. Sólo encontró siete largas estacas de hielo, derritiéndose lentamente, como las que habían caído del techo de su casa esa mañana asoleada.


© 1998 Mark Plimsoll, LLC

 

El -Huckleberry Finn- para el siglo veinti-uno:

Released late June, 2006

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