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En Navidad, como todos los años previos, se daba
a sí mismo un regalo robado a otro niño. Los juguetes viejos y polvorientos
estaban amontonados dentro del cuarto olvidado aquello era un laberinto para
cucarachas y arañas.
Pero este año fue distinto, no sólo porque el
juguete era mas grande y casi no cabía en su mochila, sino también porque
le dic miedo el sentir los movimientos dentro. Esa noche, cuando empezó a
correr por las calles brillantes llenas de nieve, la mochila casi se le cayó
de las manos, hasta que se detuvo y comenzó a andar despacio. Cada vez que
corrió, los movimientos del juguete robado se volvieron violentos.
Ya en su casa habló con el juguete y éste le contestó
con un sonido como de alas golpeando una jaula de hierro, un eco de sus palabras.
El se rió del juguete y este se rió en respuesta, lo que le llevó a paroxismos
de carcajadas, hasta que le dolieron las entrañas y le dieron náuseas.
Transcurrieron los días y el juguete no lo aburrió.
Le dic de comer y el juguete se hizo más fuerte. Cada día lo sorprendió con
su ánimo plástico de jugar, casi igual al suyo. Bailaron juntos, aprendieron
a dar vueltas, a girar.
Una mañana salió de la casa con el juguete escondido.
Cuando estuvieron completamente solos, lo sacó. El juguete le enseñó en qué
madrigueras de la tierra cubierta de nieve había animales. El imitó sus sonidos
hasta que estos salieron tranquilos a compartir con ellos unos sándwiches
de ensalada de huevo.
Cada día, al salir de la escuela, corría a su
casa para encontrarlo. El juguete lo esperaba en una nueva posición, con un
nuevo regalo, como si lo hubiera extrañado también y tuviera más ganas que
él de estar a su lado. Lo guardaba cuidadosamente en una esquina oscura de
las alturas del closet, sólo lo sacaba por las noches, a la luz de las velas,
después de poner su oído contra la puerta durante cinco minutos para asegurarse
de que todos estaban ocupados.
Un día de mucho sol, él murmuró palabras de amor
y lo acarició. El juguete también lo acarició. A pesar de la luz del día prendió
las cuatro velas que guardaba en honor del juguete. Las dejó prendidas cuando
bajó apurado a comer.
"Te estás poniendo flaco", le dijo alegre su mamá
durante la comida. "Últimamente estás más feliz. Pronto serás un hombre. Vamos
a ver a los scouts para que hagas algo por las tardes."
Una mirada de despreció calló a su mamá. De repente
la odiaba, quería estar solo. Empujó la comida y dijo, "Estoy ocupado con
un proyecto", y se fue de la mesa. Sonó el timbre de la puerta.
Era su mejor amigo. Pensó que si su casa no existiera,
la gente no podría encontrarlo, pero entonces se culpó por despreciar la amistad
y lo invitó afuera, atrás de un ventisquero, con su juguete robado.
"¿Qué tipo de juguete es éste?, ¿funciona en la
nieve?"
"Toma, bésalo. Dime lo que piensas."
Su amigo lo besó, pero el juguete robado tenía
tanta experiencia que a su amigo se le llenaron los ojos de terror mientras
nuevas sensaciones ruborizaban sus mejillas ya rojas por el frío.
"Algo anda mal con tu juguete. No me siento bien",
dijo y se fue corriendo.
El sabía que su amigo iba a contárselo a todo
el mundo y lo odió. Estaba enojado con el juguete, lo sacudió y lo empujó
bruscamente dentro de la mochila. Exactamente entonces se venció el borde
del ventisquero, cayendo justo encima de ellos. Estaban atrapados. Intentó
moverse pero era difícil debajo de tantos bloques de nieve, sólo arrastrándose
como gusano alcanzó a salir. Sacó el juguete de la mochila mientras escuchaba
algo riéndose de él. Al golpear el juguete, sintió el viento helado y azul,
pasar como una boca de dientes fríos besando su mejilla rosa, y de repente,
morderla con fuerza.
Después de llorar un rato, puso cuidadosamente
al juguete robado en la mochila, caminó hacía su casa acompañado por sonidos
de sirenas de bomberos y oleadas de humo espeso.
La casa estaba coronada con llamas. No sintió
nada mientras pensaba en sus juguetes viejos.
Los bomberos cargaban a su mamá entre la corriente
de humo que salía por la puerta de enfrente. La pusieron en una camilla y
después en la ambulancia. Desaparecieron en segundos. El sentía frío y apretó
la mochila, pero la respuesta de cálida presión había desaparecido. Se arrodilló
en la nieve y abrió cuidadosamente la mochilla para ver dentro.
El juguete no estaba. Sólo encontró siete largas
estacas de hielo, derritiéndose lentamente, como las que habían caído del
techo de su casa esa mañana asoleada.
© 1998 Mark Plimsoll, LLC
