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Que azote sentí, desde aquí, con todo el reracionamiento
estrellando el horizonte en mil parapetos, ruinas casi arqueológica de gris
y la pinta en sombras de pastel. Los cañones abajo aprietan los vientos que
latigan los árboles y les causan a bailar embriagados. He subido las escaleras
hasta los llanos abandonados de tinajas y sogas sin ropa. El suelo, manchado
con la negrura de betumen, me da un sudoroso calor, pero la brisa que sopla
desde el mar Caribe sobre los techos de la ciudad me lleva olores de detergentes
perfumados, el tráfico, y una ligera recuerdo de la pluma de humo en el horizonte
lejano, un remolino transparente de la planta de electricidad.
Subo hasta este escalera a suicidio, unos tres
escalones de cemento que dar acceso al labio de la azotea, cada atardecer.
Abajo, hay un barranca oscuro llena de las manos verdes y ramos estirados
sin la promesa de recibirte. El sol juega su rutina más común, de esconderse
detrás de unas nubes llena de relámpagos y lagrimas, sus faldas de gris frío
derritan sobre los terrenos más cerca a Mérida. Rayas de sombras de nubes
se estira atravesando todo el cielo, cortando el rojo de las más altas plumas.
Ni el hombre, que he visto dos veces en la azotea tres edificios del mío,
había subido con su papalote negro. Hace tres noches tenía éxito al fin, el
papalote volaba lejos en silencio mientras los caminantes en las calles empezaron
a maravillarse. Ahora hay una mujer y un niño caminando en la azotea próxima,
pero ellos no cuentan. No miran el cielo; no son los ojos del universo.
Sobre los hongos distantes de tormentas lluviosas
hay tres nubecitas en otro nivel de la atmósfera, y refractan la débil luz
de un sol muriendo. Parecían escamas de peces con su verde aguamarina rodeados
por una rosa labial. Las tormentas distantes se forman cabezas de caballos,
se delineaban con un fuego que cambia cada minuto de color; blanco, amarillo,
naranja, rojo, hasta un morada intensa. En frente, manchas oscuras de nubes
vuelan desde el sur, trapos húmedos rasgándose en pedazos, en moción lento.
Los primeros murciélagos, chiquitos y erráticos, siguen las rutas de insectos
que huyen en las alturas de la amenaza de noche. Abajo, murciélagos grandes
corren entre los ramos en la búsqueda de frutas. Un milpiés busca una salida
de la azotea. Me quedó sentado encima de este cemento duro durante todos los
cambios esplendorosos del atardecer. Merece este azote en las nalgas. Estoy
buscando mi pareja, pero no hay nadie más que yo mirando el cielo desde aquí,
desde estos miradores sobre todo. Aprecio el cielito lindo porque soy de una
tierra donde tenemos meses enteros sin ver el sol. Alguien debe mirar el mundo,
los bosques, los animales, los insectos más minuciosos, los recifes todavía
viva, los orillos de la ciudad. Si no, nadie podría darse cuenta de los cambios,
de la falta de los cantos de pájaros y ranas, del veneno en nuestras aguas.
Los cambios son tan lentos, casi nadie pudiera verlos en mi tierra, menos
yo. Yo sé que no es como fue en mi juventud, pero nadie lo miraba, y ya no
importa a nadie, a pesar de lo que dicen, que las mañanas no suenan igual.
El mundo vive en imágenes en televisión, y mientras
nos enseña imágenes, estamos ciertos que estas maravillas raras ya existen.
Pero yo sé que estas maravillas nunca fueron raras, yo he viajado como los
ojos del universo y me sorprendieron que sí, hay peces con cuatro ojos, sí
hay cocodrilos, alacranes y tejones por todos lados, sí antes hubieron miles
de ejemplares de especies de ranas en mi tierra.
Mi hermano le curaban de cáncer, pero dos amigos
míos se murieron. Las estadísticas no muestran el peligro de mi tierra industrializada,
por que ellos se mudaron a otros estados, y entonces no son validos por la
estadística. Pero hemos visto los cristales complicadas y deformadas de hielo
rodeando los manantiales que brotan de la nieve. Fueron tan bellas, pero años
más tarde mi hermano y yo nos llegamos a un porqué. Hemos sentido el terror
de un amenaza invisible; nos llegó desde unos montones de polvos blancos,
deshechos de la industria automovilística, tirado ilegalmente como basura
en nuestros bosques. Hemos jugado con estos, en botas, con motos, con coches
abandonados, y un día el lago regresó para cubrir todo.
Soy los ojos del universo, y siento solo.
¿No puedes sentir así?
© 1998 Mark Plimsoll, LLC
