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El joven extranjero se acostó encima de su equipaje
y cajas de cartón mientras la canoa acuchillaba el reflejo en el lago de las
paredes distantes. Los verdes derritieron la negrura de la selva. En frente
había luciérnagas de focos incandescentes que parpadeaban oro desde el pueblito,
la isla de Flores, a lo largo de este lago, el ojo del Peten. Con cada brazada
el hombre se agachaba para remar otra vez. La superficie de mercurio desnudó
del reflejo de cielos púrpura con nubes naranjas, palomitas de maíz. Dos planetas
aparecieron. La canoa se sumió en las aguas que amenazaban inundarla la carga.
El joven se paralizó. Después de la última noche en la bodega, con ratas corriendo
entre cartones incluso en su chaqueta este paisaje le pareció el paraíso.
Los ecos de las carcajadas de los hombres cercanos a las fogatas y los gritos
de pájaros y changos, se mezclaban para exigir que los latidos de su corazón
contestaran.
Al llegar a la orilla rocosa, notó cuan medieval
es la ciudad. Reconstruida de las ruinas Mayas, la arquitectura colonial mostró
las manchas negras de la vejez en climas tropicales, un color hecho de moho,
humo, y tormentos que han tiraron gotas de la gastada sangre de las plantas
sobre este lugar lleno de tantos entierros.
No había nadie a excepción del hombre que lo ayudó
a descargar la canoa mientras el joven se desaparecía entre las estrechas
calles empedradas El eco de sus pasos resonó, lanzando relámpagos detrás de
sus ojos cansados.
En el centro, un hombre sin dientes le dijo que
el restaurante se ubicaba en esta esquina, pero no vio ninguna luz. Una puerta
se abrió. Una luz dibujó el gigante halo de su cabello largo, las curvas apenas
escondidas por un vestido sencillo.
"¿Disculpe, un restaurante?"
"Aquí está," dijo un voz incierto, hecha de madera
seca. "Dime que quieres. Doy lo que tengo, de todos modos."
"¿Está aquí?" El joven se sentía congelado al
no entender nada de su español. Para entrar necesitó las gesticulaciones enfáticas
de ella, casi jalándolo del brazo.
Él bajó la escalera y se metió en un cuarto de
piedras negras las cuales chuparon la débil luz de un foco amarillo. Había
dos mesas con velas y una estufa con horno hechos de barro.
"¿De donde eres, joven?"
Esas preguntas repetidas fueron entendibles para
él. "Soy de Michigan, Los Estados Unidos. Usa." pronunció el nombre de su
país usado por los sub-educandos de Guatemala.
"¿Estás solo?"
"¿Mande?"
"Amigos. ¿Traes amigos contigo, mi amor? ¿Amigos?"
"¡Amigos! No, no amigos no. Solo."
Ella le puso un plato lleno de arroz y frijoles
en la mesa, con un dedo nudoso apuntó a una taza que tenía un líquido aguado
y dijo "Pica." y se volvió para recoger las tortillas.
"Gracias, gracias, muy amable." Estaba hambrienta
y tragó la comida con todo su ser, la boca, los ojos, la nariz, y los manos.
Quería abrazar a esta vieja cansada. El tiempo perdió su forma; fue una medianoche
larga entre dos días de tanta luz.
"¿Te gusta la comida Guatemalteca?" ella lo miró
con curiosidad tímida, casi coqueta. El joven no se sabía de qué hablaba pero
movía la cabeza afirmativamente. "¿No entiendes ni la mitad de lo que digo,
verdad mi rey?"
El joven pensó, buscando entre los sonidos de
ella palabras conocidas. No había. "Si." dijo entre bocados.
"Ay, que lástima mi hija no está. ¿A ti te gustan
las guatemaltecas? ¿Las muchachas?"
"¿Muchachas? Si, muchas."
"¡Que susto me diste! Pensé que eras joto. Espera,
mañana vienen. Tal vez mañana mi hija podría conocerte." La voz de ella le
pareció suave, un susurro de alas en la oscuridad.
El joven miró los ojos impactantes de la señora,
un color azul desteñido casi transparente. "Si." El observaba fijamente su
rostro, agradecido por la comida. Su hambre casi había hecho que se enamorarle.
Los dos se miraron. Él sentía la bondad de la vida, al compartir la comida,
un cuarto, aquellos momentos juntos.
"Tan cansado," ella dijo lentamente. "Mira, joven,
voy a decirte una cosa, que debes intentar casarte con mi hija menor. La llevarás
a Los Estados Unidos para que ganes bien y mande dinero aquí. Yo sé que uno
puede ganar muy bien. ¡Oye, te gusta la comida tanto! ¿Cómo está la comida?"
"Muy sabrosa, señora, muy bien."
"Que suerte que te gusten los restos de la comida.
No puedo creer que un hombrecito salga solo y no encuentre a nadie con quien
poder compartir este viaje. ¿Tienes novia?"
"¿Novia? ¿Donde? No tengo novia."
"Ay caramba, que bueno. Si quedas y regresarás
mañana, puedes conocer me hija menor. ¿Quieres conocer mi hija?"
El intentó de entender. Preguntó "¿Tienes familia
aquí?"
"Oye, que listo eres. Si, tengo familia, claro.
Y si no cuidas tus pasos, vamos a tener un gavacho entre nosotros. ¿Quieres
más?"
"No, gracias. Todo bien."
Ella levantó los platos de la mesa y los depositó
en el fregadera llena de trastes. Se puso a lavarlos mientras el joven fumaba
un cigarro.
Al pagar la cuenta él trató de dejar una propina
exorbitante pero la anciana lo rechazó, su dulzura afectó al extranjero.
"¿Vas a cerrar el restaurante ahora?"
"Si, voy a mi casa. Es muy tarde, debí llegar
hace una hora. Toma este dinero, vas a necesitarlo. Con esto podrás llevar
a mi hija a algún lugar. Vas a regresar mañana."
"Mañana. Si si, mañana. Nos vemos mañana. ¿Sabes
donde hay un hotel, un casa de huéspedes?"
La anciana despidió al joven dándole instrucciones
para llegar al hotel. Le dijo "Mi hija es guapa y flaca, con unas nalgas que
van a matarte las ganas de cogerlas."
El joven hizo señales de despedida desde la cima
de la escalera de piedra. Ella otra vez parada en la puerta, su figura de
nuevo un eco de voluptuosidad. Ella dijo 'No sabes que puedes experimentar
con cualquiera de mis hijas, mi rey. Están bien instruidas en el amor. Una
hija que no sabe del sexo ni de los hombres vale madre, yo soy una buena madre,
tenía muchos años en varias profesiones. Corre, niño, vamos a atraparte mañana."
El joven caminó por la calida oscuridad, con el
estomago satisfecho, los ojos llenos de imágenes ajenas a la realidad de su
país. "Esa vieja, que tranquilidad a la vida. Tan bondosa que quedó abierto
para darme comida. Quiero casarme con alguien así." Las estrellas entre los
techos de las casas coloniales parecían nadar en vértices cuando nubes invisibles
las cubrieron.
"Que mujer. Casi una Santa." pensó.
FIN
© 1998 Mark Plimsoll, LLC

E-mail: Mark Plimsoll